Jubilado antes de la batalla

callejeando

Sin exquisiteces psicológicas, segundas lecturas o mecanismos de resiliencia, a bote pronto lo que pedía el body era cruzar la calle, esperar a la puerta de la iglesia y en cuanto saliera el Padre Javier, inflarlo a hostias.

Cosas así las soñaba todos los días. Otros, las técnicas de venganza rozaban el paroxismo, el delirio más extremo.  Como el día viniera cruzado, la cabeza iba pasando capítulos y todos acababan en él.  La figura de Don Javier en la retina, de apariencia sencilla, vulgar, aunque, algo en su andar o en su caminar excesivamente recto, indicaba que el orgullo debía ser uno de sus caballos de batalla a la hora de acercarse a su Dios.

El otro caballo, de más tiro y pencas más grandes, era la lujuria.

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