La hija del maestro y el hijo de la sepulturera

pueblo

El pueblo celebró la pronta llegada de Dani como si de fiestas patronales se tratara. Si uno se acercaba a los mentideros de los hombres, o merodeaba en los corrillos de las mujeres, Dani, sin pretenderlo, ya había alcanzado los cielos como la Virgen del Coro. El pueblo quería tener esperanza, y para tener esperanza necesitaba héroes.

Unos comentaban que Dani habría comprado la casa antigua de los Jairo, incluidos los corrales de las Adelfas bajas. Otros, que pretendía levantar una mansión en los terrenos que ocupó su familia, a la vera del cementerio. Y qué decir del rumor, cada vez más fuerte, de que pensaba invertir en algún negocio de la zona. Una fábrica tal vez, el equipo de fútbol incluso.

La única seguridad es que Dani, entrevistado en un diario deportivo, aseguró que quería regresar al pueblo a vivir. Y que ese sería su último año, que el cuerpo ya no le daba para más y para menos la cabeza. Sigue leyendo

Jubilado antes de la batalla

callejeando

Sin exquisiteces psicológicas, segundas lecturas o mecanismos de resiliencia, a bote pronto lo que pedía el body era cruzar la calle, esperar a la puerta de la iglesia y en cuanto saliera el Padre Javier, inflarlo a hostias.

Cosas así las soñaba todos los días. Otros, las técnicas de venganza rozaban el paroxismo, el delirio más extremo.  Como el día viniera cruzado, la cabeza iba pasando capítulos y todos acababan en él.  La figura de Don Javier en la retina, de apariencia sencilla, vulgar, aunque, algo en su andar o en su caminar excesivamente recto, indicaba que el orgullo debía ser uno de sus caballos de batalla a la hora de acercarse a su Dios.

El otro caballo, de más tiro y pencas más grandes, era la lujuria.

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Reflejos de la nostalgia

lilas

No sabía que esperar. Quizás el reflejo de su hermano en los charcos del porche de la entrada, las colillas en el cenicero de piedra o algún vaso olvidado con restos de orujo de la noche anterior. Nada de televisión. A Pepe le gustaba Pepe olisquear la oscuridad enfundado en una manta de lana gruesa agujereada por los cigarros y roída por los bordes, a lo sumo un libro en el regazo o uno de los perros abandonados que acababa por adoptar. Sigue leyendo