Computadoras católicas

A mediados del siglo XXI un popurrí de asociaciones cristianas fundamentalistas y financiadas por un conglomerado de empresas afines, financiaron la creación de una megacomputadora que demostrara la existencia de Dios, a ser posible uno cristiano y apostólico.

NoD I. Beta fue encendida dos años después. El centro neurálgico se repartía entre las distintas universidades católicas del mundo. Pasados dos años más una actualización produjo una máquina más estable que emitió, pasados otros dos años más, una sentencia. Dios no existía, o al menos en el campo donde estaban buscando. Tachada de hereje, fue desconectada semanas después y condenada al olvido. Incluso hoy en día no aparece en Wikipedia y sólo ciertos testimonios apócrifos aseveran su presencia. Sigue leyendo

La compu sabía de amor

El caso es que el blog trata de un hombre que se sienta delante de una computadora, la suya, la de todas las noches. Quiere adivinar las palabras para tratar a esa máquina como si fuera la mujer a la que quiere encontrar.

Y le dice cosas muy bonitas y muy dichosas a la máquina. Comenta cómo cuidaría de ella y cómo mataría por estar cerca de ella. Tendría palabras bellas para colorear los momentos más bellos, y palabras por puentes que acercarían la soledad del fracaso a tierras más fértiles y altas que la soledad no puede inundar.

No faltarían por supuesto cervezas al caer la tarde. Poemas escritos por gente que expone ideas muy altas con frases muy pesadas. Plumas que rompen reglas y abren ventanas en las paredes más anodinas a los atardeceres más lindos jamás vistos. También flores, las que fuera con el color de sus ojos.

Con desesperación cuenta a la computadora cómo querría a esa mujer y cómo es incapaz de encontrar y organizar las palabras que expresen esos, sus más altos deseos. Llora y seca lágrimas. Joder, ojalá ella pudiera leer y saber, porque entonces ella comprendería, quien quiera que fuera esa mujer.

Si encuentra las palabras, encontrará esa mujer.

Entonces la computadora comprendió. Buscó en internet entre millones de mujeres que se reflejaban en millones de pantallas. Ahí la halló. Sólo podía ser esa. Sin margen para el error, que máquina era. Y le dijo a la mujer lo que su dueño lloró.

La mujer sonrió y esta historia acaba bien.

Noches sin boquilla

munecarde

Ese cigarro ya lo había liado. Antojos del destino, la boquilla salió disparada a la primera pitada. Solo quedaba ponerle voluntad, oficio, habilidad y paciencia. Verbigracia, el frágil papel dilatara y la boquilla volviera a su lugar natural.

Antes que el papel se consumiera.

Sopló por el lado de la boquilla para ensanchar el papel, introdujo un palillo para extender los bordes y con cuidado acercó la boquilla, ya marcada por la nicotina. Trucos de viejo timbero. Todos los sentidos ahí puestos. Parecer puede parecer baladí. Déjalo correr y otro día será. Va a ser que no. Importancia tiene la que tiene y en el momento que la tiene.

Joder, parecía fácil. Y joder, sólo quería fumar un cigarro por esa boca que asía la boquilla temblando. La que mascó comida, chupó bebida y rascó sexo. La que acabó escupiendo tanto vicio. Coño, que la noche debía acabar ya, chapar persianas, mitigar el día. Y tocaba acabar como mandaban los cánones. Que pudo ir mejor, o peor, quién sabe. Jaranas cimeras, reculadas holgazanas. Que la noche es de todos y no a todos tiene que caerle de pie. Dejas que te empape, que te zarande y te busque. Como una ola al atardecer, que tragas agua o la caminas, hay olas para todo.

Pero  cuando la noche ya no es noche y tampoco es día, en ese momento indeciso e indefinido, dónde aún quedan restos de aceite de la noche en el agua clara del día, cabe un momento para echar un puto cigarro.

Si se deja.

Deben andar por ahí algunas noches buscando boquillas.

Jubilado antes de la batalla

callejeando

Sin exquisiteces psicológicas, segundas lecturas o mecanismos de resiliencia, a bote pronto lo que pedía el body era cruzar la calle, esperar a la puerta de la iglesia y en cuanto saliera el Padre Javier, inflarlo a hostias.

Cosas así las soñaba todos los días. Otros, las técnicas de venganza rozaban el paroxismo, el delirio más extremo.  Como el día viniera cruzado, la cabeza iba pasando capítulos y todos acababan en él.  La figura de Don Javier en la retina, de apariencia sencilla, vulgar, aunque, algo en su andar o en su caminar excesivamente recto, indicaba que el orgullo debía ser uno de sus caballos de batalla a la hora de acercarse a su Dios.

El otro caballo, de más tiro y pencas más grandes, era la lujuria.

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Reflejos de la nostalgia

lilas

No sabía que esperar. Quizás el reflejo de su hermano en los charcos del porche de la entrada, las colillas en el cenicero de piedra o algún vaso olvidado con restos de orujo de la noche anterior. Nada de televisión. A Pepe le gustaba Pepe olisquear la oscuridad enfundado en una manta de lana gruesa agujereada por los cigarros y roída por los bordes, a lo sumo un libro en el regazo o uno de los perros abandonados que acababa por adoptar. Sigue leyendo