La hija del maestro y el hijo de la sepulturera

pueblo

El pueblo celebró la pronta llegada de Dani como si de fiestas patronales se tratara. Si uno se acercaba a los mentideros de los hombres, o merodeaba en los corrillos de las mujeres, Dani, sin pretenderlo, ya había alcanzado los cielos como la Virgen del Coro. El pueblo quería tener esperanza, y para tener esperanza necesitaba héroes.

Unos comentaban que Dani habría comprado la casa antigua de los Jairo, incluidos los corrales de las Adelfas bajas. Otros, que pretendía levantar una mansión en los terrenos que ocupó su familia, a la vera del cementerio. Y qué decir del rumor, cada vez más fuerte, de que pensaba invertir en algún negocio de la zona. Una fábrica tal vez, el equipo de fútbol incluso.

La única seguridad es que Dani, entrevistado en un diario deportivo, aseguró que quería regresar al pueblo a vivir. Y que ese sería su último año, que el cuerpo ya no le daba para más y para menos la cabeza.

Clara no decía nada. Sentía las miradas en la nuca, los cotilleos a su paso, su nombre de boca en boca. Hasta recibió un día en su casa una pequeña comitiva informal del ayuntamiento. Que si sabía algo, mejor que lo compartiera que existía gran esperanza en el pueblo y que lo mejor sería que Dani entendiera que sería recibido con todos los honores. Que desde que cerró la fábrica, el pueblo necesitaba un empujón y Dani podía ser quien se lo diera.

Leyó la decepción en sus rostros cuando afirmó que ella no sabía nada, que de Dani hacía tiempo que mutis. Pero que nada. Abandonaron ofuscados y descreídos el comedor de Clara, repleto de libros y más libros, que Clara siempre fue muy rarita, comentaron en la comisión y que tenía la cabeza a pájaros, que menos mal que oficiaba de maestra, pero que como si siguiera así quedaría para vestir Santos. Que muchos años pero seguía teniendo algo de forastera.  Y que esa pájara que tenía la cabeza a pájaros sabía algo que no quería compartir.

En parte, no andaban descaminados. Ella sí conocía a Dani y, al contrario que ellos, no albergaba esperanzas. Dani nunca regresó al pueblo desde que su cara comenzó a brillar en los medios de comunicación. No quiso realizar el pregón ningún año, ni aceptó una calle a su nombre y menos meditó entrar en la ruina del equipo de futbol local. Corrían rumores de que alguna vez aparecía por el pueblo de noche, comía un bocadillo en el bar de Jonás y marchaba. Jonás no decía ni que sí ni que no. Unos decían que era estrategia comercial y otros que Dani le pagaba para que no dijera nada.

Cierto era que, durante un tiempo, volvió de vez en cuando. A oscuras y con alevosía, entraba en casa de Clara, comía un bocadillo que Jonás le preparaba y después compartía charal, un par de chupitos y cama. Visitaba a su compañero de juegos. Los dos raritos. La hija de los maestros, la empollona, y el hijo de la sepulturera. Rememoraban alguna picia, algún recuerdo borroso que entre los dos perfilaban. Entonces Clara se entusiasmaba, como el pueblo entonces, aunque su fervor fue, poco a poco, acabándose como cirio en capilla.

El espigado centrocampista siguió percutiendo en sus noches de estudio, y ella siguió abriendo la puerta, cada vez menos y menos, hasta que Dani apenas encontró un pequeño resquicio en el quicio por donde colarse. Siguió escuchando a Dani, a vueltas con su carácter difícil, sus líos con los entrenadores, compañeros y prensa. Del pueblo poco decía. Para él, no existía. Clara en cambio amaba su pequeño, feo y tuerto pueblo.

A cada triunfo que Dani trataba de compartir con Clara se hacía más evidente que la distancia entre los dos aumentaba. Cuando Clara dejó claro que al dormitorio solo entraba el gato y ella, Dani fue distanciándose más. No es que viera a Clara como un amante casual. Esas las tenía a pares. Se sintió traicionado. Clara arrancó de cuajo el único lugar del pueblo que protegía a Dani. Cuando este decidió marcharse al extranjero por un par de temporadas, el nexo se rompió definitivamente. Una vez pasó por el bar de Jonás a por un bocadillo. Los dos se encogieron de hombros, no más.

Y ahora, años después, Dani, siempre retorcido en sus maneras, acababa de enviar un mensaje  a Clara. No, no es que ésta se tuviera en tan alta estima. Sencillamente, conocía a Dani. La joya del pueblo sufría una crisis personal. Veía su carrera acabar, veía el respeto que los chicos jóvenes le dispensaban en cada vestuario y como cada afición le aplaudía cuando salía en las segundas partes. Muchas camisetas de muchos colores se puso en esos veinte años de carrera. En algunos lados hizo amigos, en otros, se ganó el respeto de sus enemigos.

Uno de esos días, Dani llamaría a su puerta con un par de bocadillos de Jonás, que bien se tenía guardado que, en realidad, él era empleado de Dani. Y éste, con su sonrisa algo ajada por los codos de los defensas, esperaría en el quicio de la puerta.

Y entonces Clara vería. Que ya no tenían veinte años. Que ella de tanto habría jurado que nació en ese pinche pueblo, como decía Bolaño, y que a él, por el momento, lo sentía muy lejos. Cerró el libro y se echó a dormir.

Dejó la puerta abierta.

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