Noches sin boquilla

munecarde

Ese cigarro ya lo había liado. Antojos del destino, la boquilla salió disparada a la primera pitada. Solo quedaba ponerle voluntad, oficio, habilidad y paciencia. Verbigracia, el frágil papel dilatara y la boquilla volviera a su lugar natural.

Antes que el papel se consumiera.

Sopló por el lado de la boquilla para ensanchar el papel, introdujo un palillo para extender los bordes y con cuidado acercó la boquilla, ya marcada por la nicotina. Trucos de viejo timbero. Todos los sentidos ahí puestos. Parecer puede parecer baladí. Déjalo correr y otro día será. Va a ser que no. Importancia tiene la que tiene y en el momento que la tiene.

Joder, parecía fácil. Y joder, sólo quería fumar un cigarro por esa boca que asía la boquilla temblando. La que mascó comida, chupó bebida y rascó sexo. La que acabó escupiendo tanto vicio. Coño, que la noche debía acabar ya, chapar persianas, mitigar el día. Y tocaba acabar como mandaban los cánones. Que pudo ir mejor, o peor, quién sabe. Jaranas cimeras, reculadas holgazanas. Que la noche es de todos y no a todos tiene que caerle de pie. Dejas que te empape, que te zarande y te busque. Como una ola al atardecer, que tragas agua o la caminas, hay olas para todo.

Pero  cuando la noche ya no es noche y tampoco es día, en ese momento indeciso e indefinido, dónde aún quedan restos de aceite de la noche en el agua clara del día, cabe un momento para echar un puto cigarro.

Si se deja.

Deben andar por ahí algunas noches buscando boquillas.

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