Jubilado antes de la batalla

callejeando

Sin exquisiteces psicológicas, segundas lecturas o mecanismos de resiliencia, a bote pronto lo que pedía el body era cruzar la calle, esperar a la puerta de la iglesia y en cuanto saliera el Padre Javier, inflarlo a hostias.

Cosas así las soñaba todos los días. Otros, las técnicas de venganza rozaban el paroxismo, el delirio más extremo.  Como el día viniera cruzado, la cabeza iba pasando capítulos y todos acababan en él.  La figura de Don Javier en la retina, de apariencia sencilla, vulgar, aunque, algo en su andar o en su caminar excesivamente recto, indicaba que el orgullo debía ser uno de sus caballos de batalla a la hora de acercarse a su Dios.

El otro caballo, de más tiro y pencas más grandes, era la lujuria.

Después de tantos años y tantas vueltas, aún no tenía claro qué camino tomar. A cada momento del día cambiaba de parecer. La denuncia judicial o eclesiástica, la venganza más aséptica como un disparo, el escarnio de la prensa, el desquite brutal y mastodóntico a base de golpes… Todos tenían cabida y todos se quedaban cortos.  Y de todos sus males Don Javier era culpable.

Sin embargo, aquel día de verano con su ola de calor habitual, su ex mujer demandando -con razón- atención para sus hijos, el coche en el taller con muy mala pinta y el ERE a las puertas, apetecía cruzar la calle y meterle un par, y después otro, y así hasta que el alzacuellos colgara del techo y algún cristiano piadoso acudiera en su auxilio. Del Don Javier, claro, a él se le traía al pairo lo que pudiera pasar después. En realidad iban a necesitar a más de dos para sacárselo de encima, que sabía él que en cuanto arrancara…complicado sacarle de su presa, como esos perros de caza. Años reprimiéndose, copón.

Entre él y entre el viejo párroco Don Javier quedaban cuitas pendientes, y de ese día de ese verano tan empalagoso de ese año no iban a pasar. Que había ganas de abrirlo en canal, que ese hombre le puso una mochila tan grande a la espalda como para que doliera durante dos vidas. Y que ya no quería abrir más la mochila, sólo cortar amarres y joder, sentirse aliviado durante lo que quedara de vida.

Ahí apareció el cura. Conocía su recorrido. Abrir puerta parroquia, cerrar puerta parroquia. Con llave, que en el barrio mandaba la necesidad. Después cruzar la calle siempre mirando y repartiendo algún saludo, empujar la puerta del bar y café al gañote. Palabras de tercio con el camarero y rascarse un orujo corto. Pagar y, casi a la misma puerta, detenerse en la parada del autobús; el  catorce, que el once dejaba a trasmano. Hasta el geriátrico de San Justo, a repartir bendiciones y parcelas en el paraíso.

Esperaba al fondo del bar, en la esquina de la barra, y tenía pensado asaltarlo en cuanto se detuviera en la parada del autobús. De hoy no iba a pasar. Pagó dejando buena propina. Así que siguió a Don Javier con los puños apretados y los brazos tensos como la correa de un ventilador. Para que no se durmieran las manos de tanta apretadas que las mantenía las pasa por el  bolsillo del pantalón, que esconde faca de seis palmos, hoja afilada como para despellejar gorrinos y con ganas de sangre.

Se acercó por la espalda. Venía el autobús, pero era el once, que Don Javier dejaría pasar. Había buen servicio. No sería más de cinco minutos más esperar al catorce. Que si cogía aquel después tendría que andar otros quince minutos o hacer trasbordo en el treinta dos. Aguardó a que el colectivo pasara; en la parada no había nadie esperando y, viendo a la velocidad que se acercaba, pocas intenciones traía el conductor de detenerse.

La sangre hervía como en caldero por San Martín. Iba a ser una escabechina, pero a fe que Don Javier se la ganó durante años. Respiró hondo, echó la cabeza atrás… y justo cuando el autobús, el once, llegaba a su altura, un hombre que le superó por la izquierda empujó a Don Javier debajo de las ruedas. Chof, y chof. Sin tiempo de reacción por parte del conductor. Algún grito, algún desvanecimiento y Don Javier como un yogur caído de la nevera.

Y ahí que ese hombre y él se miran a los ojos. Porque los dos comprenden aunque no se conocen y los dos asienten satisfechos y se relajan. Y él se encoje de hombros y aquel hombre también.

“Corra, hombre. Corra.” Sugiere.

El hombre vuelve a sonreír como no lo hizo desde su infancia,  se gira y comienza a caminar deprisa. En sus andares se desprende cierta gracia. Ya no lleva peso a la espalda. Él, sonrisa en la cara, decide que volverá al interior de bar y se tomará una cervecita, para ver el segundo tiempo, con el verduguillo en el bolsillo pidiendo guerra que ya no llegará, pues lo jubilaron antes de entrar en batalla.

 

6 pensamientos en “Jubilado antes de la batalla

  1. Muy buen cuento. Me gustó mucho.
    Una sabe en las dos primeras líneas si el texto será o no interesante. A veces, le pega una mirada al resto por consideración y para ratificar la intuición original.
    Sin embargo, tengo un defecto que me está matando. No tolero leer las palabras “solo” y “este” acentuadas. En tu caso aparece en un par de relatos con “sólo cortar amarres”. Cuando las veo dejo de leer con sinceras ganas y percibo dos posibilidades: O me doy cuenta de que el autor no tiene una buena ortografía y hay que dejarlo pasar o sus antípodas: tiene un excelso manejo del idioma y su acentuación es intencional, política, para marcar territorio ante una academia cada día más laxa y más permisiva y la utiliza como un signo de su “izquierdosidad” (permíteme el barbarismo).
    Me sorprende e irrita que editoriales importantes con correctores pagos, diarios y revistas y el 99% de los blogueros no quieran admitir que esos acentos diacríticos son tan inservibles y feos como cuando hoy leemos los antiguos: fué, fuí, vió, dió, Diós, guión, truhán, á, ó.
    Sé que hay motivos radicalizados en esta cuestión. Los conozco bien. Es la lucha por el poder, que en estos casos se representa con el gambito ortográfico, que llamaré “antigualla” por no pensar que es una “canallada” cuando se hace a conciencia.
    Ya bastante tenemos con ver esos horribles acentos gráficos en libros que tienen muchos años en la biblioteca y que releemos con ese placer de encontrarnos con un querido amigo a quien hace tiempo que no veíamos.
    Te dejo el comentario porque he notado que tienes moderación. Cuando no la hay me resulta muy difícil exponer mis argumentos porque no quiero que suene como una maestra ciruela (así se decía en Argentina, hace unos cuantos años al magisterio afectado y pacato de las señoritas bien que daban clases en las escuelas).
    Te pido que no lo publiques y, en caso que desees hacerlo, no te sientas molesto por mi comentario.
    Un abrazo.
    Lu

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      • Seguro. Tengo 60 años y soy de la generación que aprendió a diferenciar solo de solamente con la tilde y que los pronombres se acentuaban para distinguirlos de los adjetivos.
        Hoy en día, en mi país, dudo que muchos sepan realizar esa distinción. El nivel académico es bajo. La razón de eliminación del acento ortográfico (el chiste lo suelo usar también, según las circunstancias) radica no en la simplificación sino en su carácter innecesario. Hay gran cantidad de vocablos que se escriben igual y tienen diversos significados ( se ve que la RAE se olvidó que existían los homónimos cuando estableció la regla, jajaja).
        Hagamos un esfuerzo para que nuestra literatura llegue a los más jóvenes. En mis libros Retablo de duelos y Acuario Plateado por la Luna mantengo el vicio de acentuar. En Venas al Menudeo creo que no. La dueña de la editorial pequeñita donde los mandé hacer es correctora y le caía fatal mi obstinación en quitarlos.
        Sigo leyendo tus relatos castizos, que son impecables.

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