Reflejos de la nostalgia

lilas

No sabía que esperar. Quizás el reflejo de su hermano en los charcos del porche de la entrada, las colillas en el cenicero de piedra o algún vaso olvidado con restos de orujo de la noche anterior. Nada de televisión. A Pepe le gustaba Pepe olisquear la oscuridad enfundado en una manta de lana gruesa agujereada por los cigarros y roída por los bordes, a lo sumo un libro en el regazo o uno de los perros abandonados que acababa por adoptar.

En qué gastaría sus pensamientos. Allí, solo, retratado en la noche, las pocas luces del pueblo al fondo y el viento helado del norte susurrando esperanzas, anhelos y vidas que ya no sería. Sus hermanos complacían afirmando que a Pepe con eso le bastaba. Ella lo dudaba. Pepe miraría los campos, no los vería, que ella jugó mucho con él siendo enanos y entendió que su hermano miraba el cielo de día y también de noche, y no solo esperando lluvias como buen hombre de campo.

Se giró dejando la casa a su espalda tratando de encontrar que miraba Pepe, pero allí no veía más que desolación y podredumbre. A sus hombros la fachada desconchada y reparada al estilo Pepe anunciaba una pronta derrumbe. Las maderas del porche bajo sus pies servidas en mantel del caro para las termitas. Restos de aperos de labranza en el jardín, allí donde los rosales gobiernan un imperio venido en cenizas, negándose a morir, como si levantaran la mano entre tanta dejadez reclamando la dignidad de un aristócrata venido a menos. Veía los esfuerzos consumidos de su hermano por mantener un recuerdo del que ella y el resto de sus hermanos renegaron.

¿Qué esperaban? ¿Qué Pepe siguiera aguardándoles a la entrada del porche todos los veranos tratando de preservar su rincón de la infancia? ¿Qué siguiera dale que dale con alcanfor al ajuar de su madre en bastos cajones de rudos aparadores y poniendo el hora el reloj de su padre? Coño, todos de una manera u otra le habían otorgado el papel de garante de sus recuerdos. Que allí siguiera estando el columpio que su padre colocó cuando eran niños, que los saúcos se levantaran lozanos a la vereda y las adelfas que plantó mamá siguieran dando flores blancas y no rosas, como abundaban por esos pagos. Que las parras del porche atenuaran los calores del día y las aromáticas del camino de entrada perfumaran las nostalgias que entre todos alimentaban en el estío.

Y ya supuestos, claro, no se le ocurriera a su hermano cambiar el hogar o la cocina antigua por una más funcional. Ni licores con etiqueta ni caldos del súper, no. Los orujos de alquitara, recios y al gañote, los vinos a grado y con meses en la bodega pegada al corral y los embutidos, secados en el sobrado, pasados un poco de pimentón, error heredado de su padre por mucho que el resto de los vecinos los señalaran a cada matanza. Ya puestos, que los colchones, de lana repuesta a cada verano, acomodados en los viejos somieres de madera del viejo Griño –que también levantó la escalera y el porche, y que se hubiera hecho de oro si le hubiera gustado más el olor de la madera que el de la uva- y que al cruzar la casa de lado a lado encontraran las gallinas picoteando restos y los conejos asustadizos correteando por debajo de las pilas de leña.

Cuánto pensaron en el museo y qué poco en el guarda.

A cada año, a Pepe, debía costarle más adecentar el mismo decorado para que, todos ellos, al regresar de sus acomodados pisos en la ciudad, rememoraran su feliz infancia. Café, rellenar el cenicero de la entrada, todos en procesión al cementerio a llevar unas flores a la tumba de sus padres y del Juancho. Perfilados delante de cenotafio, el mármol cada año menos blanco y la cruz más oxidada, algunas miradas de reproche a Pepe por dejar que aquello que estaba muerto estuviera más muerto a cada estío.

Y a Pepe en algún momento se le debieron hinchar los cojones y dijo basta. Que el quedó allí trabajando como un mulo las tierras de la familia. Repartiendo beneficios o lagrimando pérdidas a cada cosecha en el porche, dejando atrás la juventud, después la madurez y después viendo cada vez más cerca la Parca. Y dejó de podar árboles y de airear las parras, y la adelfa creció deformada como sus recuerdos, y que reteje su puta madre y los conejos y las gallinas no vayan más allá de los guisos de rigor. Los montones de leña ya nunca crecerían más que un palmo para cumplir con la chasca de la cocina y el brasero de la salita ¿Y el campo? Bien, gracias. Vendió lo que pudo y entregó para que otros más jóvenes y capaces, con tractores más grandes y modernos y mentes más lúcidas labrasen por él, aquí tu parte aquí la mía. La de los hermanos las dejó en un fide y comiso porque, joder, si de algo se le podía acusar nunca sería de hijoputa.

Que él no pidió ser el amo de llaves de la nostalgia de nadie. Que muy bien cómo triunfaban sus hermanos y hermanas, que sobrino va y sobrino viene, todos muy altos y delgados y con ropa cara y dentadura de anuncio y estudios en Londres y qué se yo porque acabo confundiéndolos a todos. Que él es ya sapo de otra charca, que si ya cuesta reconocer a sus hermanos, que de pequeños andaban de barro y mierda hasta las orejas, y ahora huelen a perfumes caros y a suavizante… Que sí, que muy bien, que ellos se dejaron los codos y consiguieron ser profesionales de éxito, pasaron muchas soledades y amarguras. Como eligieron pasar. Incluso Pepe siguió celebrando cada pequeño ascenso en el escalafón social de los demás como si fuera propio. Hasta que se le debieron acabar los brindis. Él quedó allí en un pueblo con menos habitantes que sus urbanizaciones de lujo y seguridad privada, sin mujeres que casar porque estas fueron también o prefirieron a otros que ya estaban lejos y venían en verano a bañarse en la puta nostalgia y fardar de coches de colores.

Solo. Solo como un perro, a llamada semanal de algunos de sus hermanos, y sin decir ni pío porque bien sabía que se estaba muriendo. Como papá, poco gustaba de compartir sus miserias. Mejor guardarlas en el pozo y sacarlas de cubo en cubo.

Así que en algún momento decidió dejar irse y que otros alimentaran la insaciable hoguera de la melancolía. Él vivió solo y murió solo, en ese porche lo encontraron con aquella manta carcomida por la polilla y Perales sonando en el viejo equipo de música que Juana no quiso llevar a Madrid o lo trajo de vuelta cuando compró una más grande… Llevaba tiempo reclamando sin reclamar, pidiendo parte de la atención con la que a todos recibía en verano. Detrás de sus ojos grises se desataban tormentas terribles que sabe Dios como dominaba. Los veranos ayudaban a remar en mares calmados. Y los veranos nunca más volvieron. El guardián de la melancolía dejó libre a los presos.

Ella llegó la primera. Tendría que llamar a sus hermanos y aclarar que fueran buscando casa para dormir que aquello ya no estaba para más visitas que las del tiempo. Tendría que ir al pueblo de al lado, donde el tanatorio, a pedir que abrieran, esperar algunas visitas y volver por donde vinieron con un hermano menos y mucha más nostalgia que la rutina, esperaba y deseaba, acabara por sellar. Quedaban los recuerdos, y para cual, reconocer su fracaso como la memoria y con su hermano, mejor no confundir ambos conceptos.

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